La certeza de que hay algo más: una conversación con Pedro Engel
Hay personas para quienes la muerte no es un evento que ocurre al final, sino una presencia que los ha acompañado desde el principio. Pedro Engel —astrólogo, escritor y estudioso de las tradiciones espirituales— nació en una familia de sobrevivientes de guerra donde casi todos los mayores ya habían muerto. Creció hablando con esos muertos, conviviendo con su ausencia, aprendiendo desde muy temprano que la vida y la muerte no son opuestos: son el mismo territorio.
En este capítulo de Hay un Después, Engel conversa con Mariana Derderián sobre el tránsito espiritual, la certeza de que nadie muere solo, los rituales cotidianos para honrar a quienes ya no están, y la idea de que las grietas más dolorosas de la vida son, también, el lugar exacto por donde entra la luz.
Tabla de contenidos
1. Nacer rodeado de muertos
Hay vidas que comienzan con la muerte ya presente. Cuando la familia entera fue asesinada en una guerra y el padre fue el único que sobrevivió, la ausencia de los muertos no es abstracta: es la condición en que uno crece. No hay abuelos, no hay tíos, no hay primos. Solo están sus nombres, sus historias y el silencio de quienes deberían haber estado ahí.
Crecer así no significa crecer en el trauma, aunque también puede serlo. Puede significar crecer en una proximidad distinta con la muerte: sin el velo que otras familias levantan alrededor del tema, sin la ilusión de que la pérdida es algo que les pasa a otros. La muerte, en ese contexto, no es un concepto ni una amenaza lejana. Es parte del paisaje desde el primer día.
2. La muerte como compañera, no como enemiga
Desde los cuatro años hay niños que hablan con sus muertos. No como metáfora, sino literalmente: les hablan, los ven, reciben mensajes de ellos. Para una familia de orientación científica, eso es un problema a resolver. Para el niño, es simplemente lo que es.
Lo interesante no es si esas experiencias son “reales” en el sentido convencional. Lo interesante es que construyen una relación con la muerte radicalmente distinta a la que ofrece la cultura contemporánea. Donde la mayoría aprende a temer la muerte o a ignorarla, hay quienes aprenden desde muy temprano a convivir con ella, incluso a encontrarle una dimensión de compañía. Elisabeth Kübler-Ross, pionera en los estudios sobre la muerte y el morir, decía que la muerte no es el final sino un paso a otra cosa. Para quien creció hablándole a sus muertos, esa idea no es una revelación: es confirmación de algo que siempre sintió.
3. Nadie muere solo: la certeza del tránsito
Una de las ideas más poderosas de esta conversación es también una de las más simples: nadie muere solo. No importa si la muerte ocurre en una cama rodeada de familia o en un accidente en una carretera vacía. En el momento del tránsito, siempre hay algo o alguien. Los ancestros más antiguos, los ángeles guardianes, los maestros espirituales: cada tradición lo llama distinto, pero en casi todas las experiencias de quienes han acompañado muertes de cerca, el moribundo no está solo.
Esto no es una creencia reconfortante diseñada para calmar a quien queda: es lo que reportan quienes han estado en esos momentos. El padre que en sus últimos minutos describe a su esposa muerta bajando de un carruaje. La persona que muere en calma después de años de angustia. El cuerpo que en el momento del tránsito parece recibir algo que quien observa no puede ver, pero sí percibir.
3.1 El flashback final y la revisión de la vida
Hay algo en el momento de la muerte que muchas tradiciones y experiencias cercanas a ella describen de forma similar: una revisión de la propia vida. No como juicio, sino como panorama. Todo lo que se vivió, condensado en un instante. Una suerte de malla curricular que se despliega y permite ver cuánto se aprendió, qué se cumplió, qué quedó abierto.
Esta imagen —que aparece tanto en relatos de experiencias cercanas a la muerte como en tradiciones espirituales de distintas culturas— sugiere que el tránsito no es un corte abrupto, sino un cierre con forma. Algo que tiene sentido desde adentro, aunque desde afuera solo se vea el silencio del cuerpo.
4. Los símbolos y señales de quienes ya se fueron
Un colibrí que llega a la ventana en el momento justo. Una luz que se prende y se apaga sin explicación. Un sueño con alguien que murió hace años y que aparece dando consejos precisos. La cultura racional descarta estas experiencias como coincidencias o proyecciones. Pero para quienes las viven, no hay manera de que quepan en esa explicación.
Lo que importa no es resolver el debate sobre si los muertos “realmente” envían señales. Lo que importa es que esas experiencias tienen un efecto real en quien las recibe: interrumpen el duelo, abren algo, alivian. Y tal vez eso sea suficiente para tomárselas en serio, independientemente de la explicación que cada quien prefiera.
El silencio también es un canal. No buscar activamente las señales, sino simplemente dejar un espacio de quietud donde puedan aparecer: esa es la práctica más sencilla y más antigua de conexión con lo que no se ve.
5. Honrar a los muertos con lo cotidiano
La verdadera muerte, según esta conversación, no es la biológica: es el olvido. Mientras alguien es recordado, sigue presente de alguna forma. Y el modo más poderoso de recordar no es necesariamente el monumento o la ceremonia anual: es lo cotidiano.
Cocinar los domingos las recetas de los que ya no están. Servir los platos que ellos preparaban. Que los niños y los nietos crezcan sabiendo que esa sopa de tal manera la hacía la abuela, que ese guiso era el favorito del abuelo. En esa transmisión se guarda algo que ninguna fotografía puede capturar del todo: el sabor, el gesto, la presencia encarnada en un acto que se repite.
Los altares, las fotos, los objetos de los muertos cumplen una función similar: mantener activo el vínculo, hacer que la memoria no sea solo un pensamiento sino algo que se puede ver y tocar. Cada tradición tiene su forma, y ninguna es más válida que otra. Lo que sí parece constante es la necesidad humana de que los muertos no desaparezcan del todo del espacio que habitaban.
6. Las grietas por donde entra la luz
Hay una imagen que atraviesa esta conversación sin decirse con esa exactitud: las grietas. Las pérdidas más dolorosas no cierran a las personas, las abren. No porque el dolor sea bienvenido, sino porque en la fractura aparece algo que antes estaba cubierto. Una sensibilidad distinta, una capacidad de acompañar a otros que solo se desarrolla cuando uno mismo ha sido acompañado en el fondo, una apertura a dimensiones de la experiencia que antes resultaban invisibles o incómodas.
No todo el mundo atraviesa las pérdidas de esa manera, y no hay ninguna obligación de encontrarle un sentido al dolor. Pero la observación es real: hay personas que salen de sus pérdidas más grandes convertidas en algo que antes no podían ser. No a pesar de lo que perdieron, sino en parte gracias a ello.
“En las grietas de la vida entra la luz. Si no tuviéramos grietas seríamos un bloque de cemento.”
7. Conclusión: los muertos no están tan muertos
Hay una frase que cierra esta conversación con más peso del que aparenta: los muertos no están tan muertos. No como consuelo fácil ni como negación de la pérdida. Como descripción de algo que muchas tradiciones, muchas experiencias cercanas a la muerte y muchos momentos de duelo sugieren: que el vínculo no se corta en el momento en que el cuerpo deja de funcionar.
Que los muertos sigan presentes de alguna forma no resuelve el dolor de quien queda. Pero sí cambia la pregunta. No es solo ¿cómo sobrevivo a esta pérdida? Es también ¿cómo sigo en relación con quien se fue? Y esa pregunta, que cada tradición responde a su manera, abre un espacio distinto para el duelo: uno donde la memoria no es consolación sino continuidad.
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8. Preguntas frecuentes
¿Es normal seguir sintiendo la presencia de alguien después de que murió?
Sí. Muchas personas reportan sensaciones de presencia, sueños vívidos, o experiencias cotidianas que asocian con quien perdieron. Estas vivencias son frecuentes en el duelo y no indican ningún trastorno: forman parte de cómo la mente y el cuerpo procesan un vínculo que era profundo y que no desaparece de inmediato con la muerte física.
¿Qué son las experiencias cercanas a la muerte y qué revelan sobre el tránsito?
Las experiencias cercanas a la muerte son estados reportados por personas que estuvieron clínicamente muertas o en situaciones de riesgo vital extremo y que describen percepciones durante ese período: sensación de salir del cuerpo, revisión de la propia vida, percepción de luz o presencias. Aunque la ciencia no ha dado una explicación definitiva, la consistencia de los relatos entre personas de distintas culturas y sin contacto entre sí ha convertido este fenómeno en un campo serio de investigación neurológica y psicológica.
¿Cómo pueden los rituales cotidianos ayudar a procesar el duelo?
Los rituales cotidianos —cocinar recetas de quien murió, mantener objetos suyos en un lugar visible, hablarle en momentos del día— funcionan como anclas de memoria activa. A diferencia del recuerdo pasivo, el ritual implica un acto: el cuerpo se mueve, los sentidos se activan, el vínculo se renueva de forma concreta. Esto no detiene el duelo, pero le da una forma que muchas personas encuentran más sostenible que el silencio total.
¿Qué significa que “nadie muere solo” desde una perspectiva espiritual?
Diversas tradiciones espirituales y testimonios de quienes han acompañado muertes de cerca sostienen que en el momento del tránsito siempre hay una presencia: ancestros, guías, figuras de la propia historia del moribundo que aparecen en los instantes finales. Independientemente de la interpretación que cada persona haga de esto, los relatos son consistentes en un punto: el momento de morir no es de abandono total, sino de recepción.
¿El dolor de una pérdida puede transformarse en algo positivo?
El dolor de una pérdida no se convierte en algo positivo por sí solo, y no hay ninguna obligación de encontrarle un sentido. Pero muchas personas descubren, con el tiempo, que atravesar una pérdida profunda desarrolló en ellas capacidades que antes no tenían: mayor empatía, una relación distinta con el tiempo y la finitud, o la posibilidad de acompañar a otros desde un lugar que solo se alcanza habiendo pasado por algo similar. Eso no justifica el dolor, pero sí puede darle un lugar diferente en la historia personal.
¿Cómo distinguir entre el duelo normal y uno que requiere apoyo profesional?
El duelo normal incluye tristeza intensa, dificultad para concentrarse, cambios en el sueño y el apetito, y momentos de desconexión emocional. Estos síntomas son esperables en las semanas y meses posteriores a una pérdida. El duelo que se beneficia de apoyo profesional es aquel que, después de varios meses, sigue impidiendo el funcionamiento cotidiano, genera pensamientos de hacerse daño, o no muestra ninguna variación en su intensidad. En esos casos, el acompañamiento de un profesional de salud mental no es una señal de debilidad: es parte del proceso.