En el quinto capítulo de Hay un Después, el podcast de Funeraria Hogar de Cristo, Mariana Derderian conversa con Paula Assler, escritora que en 2016 perdió a dos de sus hijas, María José y Antonia, en un accidente en el mar durante unas vacaciones en Perú. Una conversación sobre el primer tiempo del duelo, la decisión de volver a la vida, lo que ayuda y lo que hiere a quien está de duelo, y la importancia de enseñar a los niños a despedirse.
Estar "borrada": el primer tiempo del duelo
Después de una muerte repentina, muchas personas describen un periodo en que la vida cotidiana simplemente se detiene. Paula Assler lo resume con una palabra: estar "borrada". Encerrarse en la casa, llorar durante días, no querer salir, buscar el rostro del hijo en cualquier desconocido que se le parezca en la calle. Incluso aparecen emociones que desconciertan a quien las siente, como la envidia al ver a otras madres caminando con hijas de la misma edad.
Nada de eso es extraño. Son reacciones habituales del duelo agudo, especialmente cuando la pérdida llega sin aviso. Cuando una persona muere tras una enfermedad, la familia alcanza a anticipar de algún modo la despedida. Un accidente borra esa posibilidad: la muerte irrumpe de golpe y deja a quienes quedan sin tiempo para prepararse.
A ese dolor se suma una exigencia silenciosa. Quien pierde a un hijo suele tener otros hijos, una pareja, padres o nietos que también dependen de que siga funcionando. Esa presión por estar en pie para los demás convive con la necesidad de detenerse, y es parte de lo que hace tan agotador este primer tiempo. A eso se suman los trámites que siguen a una muerte, que llegan justo cuando falta energía para atenderlos. Tener a mano una guía de los trámites funerarios ayuda a ordenar esa parte y a reservar las fuerzas para acompañarse en familia.
Aceptar la pérdida como punto de partida
En muchos procesos de duelo hay un punto de inflexión que no llega como una revelación, sino como una decisión consciente. En el caso de Paula, fue plantearse que tenía dos caminos: dejarse morir, que sentía como el más fácil, o "jugársela por la vida", sabiendo que sería mucho más difícil. Elegir lo segundo no hizo desaparecer el sufrimiento, pero le permitió empezar a moverse dentro de él.
Ese movimiento comenzó con algo concreto: decirse en voz alta que sus hijas habían muerto y que no iban a volver. Aceptar la pérdida, más que resignarse, fue lo que le permitió mirar más allá del dolor inmediato y preguntarse cómo podía estar un poco mejor.
Las primeras respuestas fueron pequeñas: jugar con sus nietos, hacer manualidades, ocupar las manos en tareas que exigían atención. Esos ratos funcionaban como un descanso del dolor, momentos breves de desconexión que hacían más llevadero el resto del día. Buscar actividades que permitan "estar en otra parte", aunque sea por un rato, es una recomendación sencilla que muchas personas en duelo encuentran útil.
Soltar el "¿por qué a mí?"
Una de las preguntas más persistentes del duelo es por qué le tocó a uno y no a otro. Paula llegó a identificarla como una expresión del ego: una pregunta sin respuesta que mantenía la mente girando en negativo. Nombrarla así le permitió soltarla.
Ese proceso de aceptación no tiene un calendario. Ella misma no sabe si duró un mes o un año, porque en el duelo la percepción del tiempo se altera: diez años después de la muerte de sus hijas, siente que todo ocurrió ayer.
Un duelo en cadena: hermanos, nietos y abuelos
La muerte de un hijo nunca afecta a una sola persona. En una familia numerosa, el duelo se multiplica: cada hermano pierde a una hermana, cada nieto pierde a su madre, cada abuelo sufre por partida doble. Paula tiene seis hijos, y mientras atravesaba su propio dolor veía a sus otros hijos atravesar el suyo.
Hay un duelo que suele pasar inadvertido: el de los abuelos. La madre de Paula sufría la muerte de sus nietas y, al mismo tiempo, sufría por ver destrozada a su propia hija. Rara vez alguien se detiene a acompañar ese doble dolor, porque la atención se concentra en los padres.
La tendencia natural de una madre o un padre es postergarse para sostener a los demás, como quien pone la mascarilla a los hijos antes que a sí mismo. Una alternativa que a esta familia le sirvió fue agruparse: junto a la familia del yerno, que quedó viudo con tres hijos pequeños, formaron un bloque para llorar juntos. Hacer el duelo en conjunto, en lugar de que cada uno lo viva por separado, permite repartir el peso y evita que alguien quede solo con su dolor.
Qué ayuda y qué no a quien está de duelo
Ante la pregunta de qué consejo daría a alguien que recién comienza a vivir una pérdida, la respuesta de Paula es clara: ninguno. Cada persona vive el duelo de manera distinta, y lo que ayuda es la presencia, abrazar, escuchar, entender, sin intentar arreglar nada.
Esa convicción nace de su experiencia con frases bien intencionadas que dolieron más de lo que consolaron. Al cumplirse un año de la muerte de sus hijas, una amiga la llamó para decirle que el año siguiente sería mucho mejor. Otras personas se referían a sus hijas como "angelitos". Y algunas visitas, buscando distraerla, hablaban de viajes y temas cotidianos cuando lo único que ella quería era hablar de sus hijas.
Con el tiempo entendió que nadie actuaba con mala intención: simplemente no sabían cómo acompañar. De ahí se desprenden algunas pautas útiles para quien quiere estar cerca de alguien en duelo:
- Evitar frases que pongan plazos al dolor o lo minimicen.
- Nombrar a la persona que murió y permitir que se hable de ella.
- Ofrecer compañía sin la expectativa de mejorar el ánimo del otro.
- Respetar los tiempos y las formas de cada uno, aunque sean distintas a las propias.
El duelo no es lineal: aniversarios y fechas difíciles
El duelo no avanza en línea recta. Incluso después de muchos años, hay días en que el dolor vuelve con una intensidad parecida a la del principio. Paula describe haber aprendido a manejarlo mejor con el tiempo, sin que eso signifique dejar de llorar a sus hijas.
Los aniversarios concentran buena parte de esa intensidad. Tanto ella como Mariana Derderian coinciden en que los días previos a la fecha suelen ser los más duros: una tensión emocional que se acumula durante la semana anterior y que, una vez pasado el día, se suelta. Saber que esto ocurre ayuda a anticiparlo, a no interpretarlo como un retroceso y a organizar esos días con más cuidado.
En su familia, las fechas significativas se celebran: los cumpleaños de sus hijas se recuerdan, se conmemoran y se comparten. Convertir esas fechas en un espacio de memoria compartida es una forma de mantener presente a quien murió sin que el día quede reducido a la ausencia.
Despedirse con tiempo: el valor de los rituales
Uno de los aspectos que Paula destaca de su experiencia es el tiempo que la familia pudo pasar junto a sus hijas antes de sepultarlas. Por las circunstancias del accidente en el extranjero, estuvieron varios días acompañándolas, solo con la familia y algunos amigos cercanos. Lo recuerda como un regalo: un espacio para decantar el dolor y despedirse con calma, en contraste con la rapidez con que muchas veces se suceden el fallecimiento, el velorio y el entierro. Poder darse ese tiempo suele depender de decisiones que se toman en horas difíciles. Conocer con anticipación los servicios funerarios disponibles y la sucursal más cercana ayuda a organizar una despedida a la medida de cada familia, sin apuros.
Esa despedida incluyó gestos muy concretos. Cuando llegó el momento de vestirlas, Paula quiso hacerlo ella misma, y uno de sus hijos le pidió acompañarla. Él todavía agradece haber participado en ese momento. Involucrarse en los detalles del rito, cuando la familia lo desea, puede ser una parte significativa del proceso de despedida.
Los rituales también continúan después del funeral. Paula visita el cementerio dos o tres veces al mes, pintó la lápida de sus hijas y conoce a los jardineros y a quienes venden flores en la entrada. Para ella, ir al cementerio es una forma de rendir homenaje, un lugar al que le gusta volver. Años después viajó a la India para dejar flores y una vela en el río Ganges en honor a sus hijas.
Volver al lugar
Años después del accidente, Paula sintió la necesidad de regresar a la playa donde ocurrió, aunque su entorno intentó disuadirla. En el momento de la muerte, absorbida por los trámites y por sostener a su familia, no había podido llorar a sus hijas como necesitaba. Volver le permitió hacerlo.
Ese regreso cambió también su relación con el mar. Durante años lo sintió como aquello que le había arrebatado a sus hijas; al volver, pudo agradecer que sus cuerpos hubieran sido encontrados. Poder sepultar a un ser querido es parte esencial de la despedida: sin ese rito, el duelo queda abierto de una forma mucho más difícil de cerrar.
Un vínculo que sigue presente
La relación con quien murió no termina con su muerte: se transforma. Durante nueve meses, Paula mantuvo cerrada la maleta de viaje de su hija Antonia, porque ahí seguía su olor. Un día sintió que era el momento de abrirla. Revisar su ropa le trajo recuerdos de cada situación en que la había usado; después regaló algunas prendas a las amigas de su hija y conservó otras.
Ese tipo de procesos no se pueden apurar. Cada persona encuentra su momento para abrir una maleta, ordenar una pieza o poner una fotografía a la vista, y no hay una forma correcta de hacerlo. Hay quienes llenan la casa de fotos y quienes prefieren guardarlas en un cajón al que entran cuando se sienten preparados.
En su caso, el vínculo fue encontrando nuevas formas. Tiene dos altares en su pieza con fotografías y objetos que va cambiando. Durante un tiempo viajaba siempre con fotos de sus hijas; con los años dejó de necesitarlas, porque siente que las lleva consigo, en una relación que describe "de alma a alma". Ella y sus hijos se tatuaron símbolos que las representan, y mantiene una relación cercana con los grupos de amigas de cada una, con quienes se reúne varias veces al año para recordarlas.
También les habla y les pide ayuda en lo cotidiano, aunque mucha gente crea que hacerlo "molesta" a los muertos. Para ella, todo lo que ayude a sobrellevar la pérdida es bienvenido.
Enseñar a los niños a hacer el duelo
Uno de los mensajes más claros del episodio es la importancia de educar a los niños sobre la muerte desde pequeños. Las primeras pérdidas de la infancia, como la muerte de una mascota, son una oportunidad para hacerlo. El error frecuente es reemplazar de inmediato al animal para evitar que el niño sufra, cuando lo que ayuda es permitir que llore esa pérdida específica antes de seguir.
Los niños suelen entender el duelo mejor de lo que los adultos suponen. Paula cuenta que dos niñas de diez y once años, seguidoras de sus redes sociales, le explicaron con total claridad que cuando alguien muere se llora, pero esa persona se queda "adentro" y la vida sigue. A partir de ellas, una profesora abrió una conversación sobre la muerte con todo un curso.
Hablar de quien murió también es una forma de que los niños lo conozcan. La nieta menor de Paula tenía un año y medio cuando murió su madre y no la recuerda, pero dice conocerla, gracias a las historias, las fotos y las conversaciones familiares. Recordar a la persona completa, con sus virtudes, sus defectos y sus peleas, permite que los niños construyan una imagen real de quien ya no está.
Escribir para ordenar el dolor
Unos cuatro años después de la muerte de sus hijas, Paula escribió un libro sobre su vida, publicado más tarde como Si digo muerte, digo vida. Lo pensó para que sus nietos conocieran la historia de su abuela, y a mitad del proceso decidió publicarlo por si a alguien le servía.
Al escribir descubrió algo inesperado: había estado haciendo duelos toda su vida, por abandonos, separaciones y otras pérdidas. Esos duelos anteriores, siente, le dieron herramientas para enfrentar el más difícil.
La escritura puede ser una herramienta útil en el duelo. Escribir una carta a uno mismo, llevar un registro o poner en palabras lo que se siente ayuda a ordenar emociones que de otro modo quedan dando vueltas. Releer esos textos con el tiempo también permite ver el camino recorrido, aunque hacerlo siga siendo doloroso.
Conclusión: atravesar el duelo como una decisión
El duelo no se elige, pero sí se puede elegir cómo atravesarlo. Paula recuerda a una mujer que se le acercó en un supermercado: quince años después de la muerte de su hijo, seguía levantándose solo para trabajar y alimentar a sus otros hijos. El dolor de ambas era igual de real; la diferencia estaba en la decisión de querer recuperarse, que no elimina la tristeza pero permite volver a construir una vida alrededor de ella.
Hoy Paula se define como una mujer feliz. Quiere vivir muchos años y, al mismo tiempo, se prepara para su propia muerte como quien arma la maleta antes de un viaje: ayudando a otros y entregando amor. Tiene una única certeza que no necesita explicar, la de que se reencontrará con sus hijas. Después de una pérdida así, dice, pocas cosas parecen tan urgentes como antes, y aprender a perder termina siendo también una forma de aprender a vivir.
Tengo dos posibilidades: o muero o me la juego por la vida. Sabía que morir era más fácil y que jugármela por la vida iba a ser difícil, muy difícil.
Lo que más se pregunta sobre el duelo por la muerte de un hijo
¿Cuánto dura el duelo por la muerte de un hijo?
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No tiene una duración definida. La intensidad del dolor suele cambiar con el tiempo y muchas personas aprenden a convivir con la pérdida, pero la tristeza puede reaparecer con fuerza en fechas significativas incluso años después. Si tras muchos meses el dolor impide sostener la vida diaria, conviene buscar acompañamiento profesional.
¿Qué decirle a una madre o un padre que perdió a un hijo?
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Muchas veces lo más útil es no intentar consolar con frases, sino ofrecer presencia: un abrazo, escuchar, estar disponible. Conviene evitar expresiones que pongan plazos al dolor, como "el próximo año será mejor", y permitir que la persona hable de su hijo y lo nombre.
¿Por qué las fechas especiales son tan difíciles durante el duelo?
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Los aniversarios, cumpleaños y festividades reactivan el recuerdo de la pérdida y de la ausencia. Es común que los días previos sean incluso más difíciles que la fecha misma, por la tensión emocional que se acumula. Anticiparlos y decidir con tiempo cómo recordar a la persona ayuda a vivirlos con menos angustia.
¿Cómo ayudar a un niño a entender la muerte de un ser querido?
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Hablando del tema con honestidad y en un lenguaje acorde a su edad, permitiéndole llorar y hacer preguntas. Las primeras pérdidas, como la de una mascota, son una oportunidad para enseñar que a quien muere se le llora y se le recuerda, en lugar de reemplazarlo de inmediato.
¿Por qué es importante el tiempo de despedida en un velorio?
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Porque permite a la familia asimilar la pérdida de forma más gradual y despedirse con calma. Participar en los gestos del rito, acompañar el cuerpo y reunirse con las personas cercanas ayuda a iniciar el duelo, especialmente cuando la muerte fue repentina.
¿Es normal seguir hablándole a un ser querido que murió?
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Sí. Muchas personas en duelo mantienen un vínculo con quien murió: le hablan, visitan el cementerio, conservan objetos o celebran sus fechas. Estas prácticas son una forma habitual de mantener presente a la persona y, para muchos, una fuente de consuelo.